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Lección de Pandemia: ¿Dónde quedó la educación emocional?

Por: Ada Pinedo | Yukóyotl

Hartazgo, esa es la palabra en la que pensamos cuando nos referimos a esta pandemia. Sí, hartazgo de tener miedo, de estar encerrados, de enojarnos todo el tiempo, de sentir que de uno a otro momento vamos a explotar y nuestros pedacitos quedarán como mudo testigo de nuestras emociones desbordadas.

COVID-19 nos ha llevado a hacer ajustes en más de un área de nuestras vidas, ha significado un gran esfuerzo físico, mental y emocional de adaptación a las pérdidas de empleo, privacidad, dinero, libertad, casa y seres queridos.

Nos vimos obligados a vivir en un mundo con restricciones en el contacto físico, sin ver sonrisas y sin sentir abrazos. Nos vimos inmersos en los guiones de películas apocalípticas y en libros de ciencia ficción que pronosticaban nuestra extinción. Y vino ese recordatorio de la vida, para decirnos que estamos aquí, porque a través de millones de años hicimos caso de nuestra mejor brújula: las emociones.

No es de extrañar entonces que en la actualidad donde dominan las tecnologías de la información, la manera de comunicarnos creció de manera exponencial con la intención de que los medios digitales, nos permitieran sustituir de alguna forma ese contacto físico al que ya no teníamos acceso.

Sin embargo, esto aceleró el crecimiento de comportamientos patológicos como la ansiedad, la depresión, la violencia, los trastornos de la alimentación, etc., los cuales, son un claro indicio del desconocimiento de nuestras emociones y evidencian sus efectos negativos a nivel individual y social.

La pandemia de golpe, nos puso en contacto con esa parte olvidada, con eso que social y laboralmente hemos escuchado que se tiene que ocultar o controlar, con esas emociones que desde la práctica diaria, nos hemos dado cuenta que afectan la obtención de metas en cualquier ámbito de nuestras vidas.

Ahora, más que nunca, sabemos que las emociones se manifiestan en el desarrollo de cada persona y por esa sencilla razón, es que la educación emocional debe ser un proceso de aprendizaje para la vida.

¿Qué hemos aprendido?

Que las emociones implican una resignificación de los sucesos, lo que nos permite comprender y aceptar que nuestra razón y nuestra emoción están íntimamente ligadas.
Dicho de otra forma, estamos asimilando que separar estos componentes sería atentar contra la naturaleza humana.

No hemos sido educados en el aspecto emocional, hay que aceptarlo, pero hay que aceptar también que podemos cambiar esa realidad. La pandemia nos puso frente a nuestras emociones, sin tregua y sin postergaciones, para recordarnos la importancia de su aprendizaje y cuidado.

COVID-19 probó nuestra capacidad adaptativa, nos agarró mal parados, ya que nuestra relación entre razón y emoción estaba rota. Se puso de manifiesto que no sabemos gestionar nuestras emociones, peor aún, que no las conocemos. Nuestro analfabetismo emocional se evidenció por la incapacidad de dar respuestas y soluciones de manera eficaz a los problemas que se nos presentaron en el trabajo, en la escuela, en la familia y con los amigos.

Independientemente de la edad, es prioritario retomar la educación emocional, no sólo desde las aulas o lugares de trabajo, sino también, desde los hogares, para que cada persona se auto reconozca desde una perspectiva integral, donde su mente, cuerpo y emociones se articulen para capturar el mundo externo e interpretar el interno.

Sí, es posible hacernos cargo de nuestra educación emocional buscando las herramientas para hacer frente a lo inesperado, por medio de mentalidades abiertas, flexibilidad de pensamiento, tolerancia ante los cambios y la capacidad de aceptar las novedades, sean las que fueren.

La educación emocional nos invita a tener pensamientos y comportamientos creativos que nos ayudarán a desarrollar la aceptación de todo lo que sentimos. Ningún sentimiento es “malo” todos tienen una función y están ahí como un recurso de vida para ayudarnos a sobrevivir. En otras palabras, es la vida cuidándose a sí misma y asegurando su permanencia.

Es prioritario incorporar las enseñanzas en educación emocional, para que cada ser humano se convierta en un individuo social y emocionalmente competente, con autoconciencia y actitudes asertivas no sólo hacia sí mismos, sino también hacia los demás. Es decir, para ser mujeres y hombres capaces tanto de reconocer, como de gestionar sus emociones.

La intención de aprender la educación emocional es que a nivel individual y social, conozcamos nuestros puntos fuertes y débiles para trabajar en mejorarlos, que alcancemos nuestras metas y podamos resolver problemas de forma responsable y efectiva; pero sobre todo, respetar a los otros con tolerancia y empatía.

Fue un duro y doloroso recordatorio, pero en nuestras manos está cambiar esa realidad para cuidarnos no sólo como individuos, sino también como especie.

En resumidas cuentas, no olvidemos esta lección, pues como diría Root-Bernstein: “la educación emocional es para ayudar a la gente a sentir lo que quiere saber y a saber lo que quiere sentir”.

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Edición 7, Diciembre 2021

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